Soplillar, en tonos grises.

Por: Liyanis Carvajal Pérez (Pinar del Río, 1977)
Historiadora y Crítico de arte.
Fotos: Michel GMG.

Para comprender el compromiso social del cine cubano en la etapa de la Revolución es imprescindible ver el Noticiero ICAIC, dirigido por Santiago Álvarez, quien propuso una estética de vanguardia en su momento. Con estos archivos se conoce sobre la historia de nuestro país a través de reportajes planteados de modo dinámico y cuyo discurso escapa de ser un panfleto demagógico. La fotografía es un elemento fundamental, pues en ocasiones, se prescinde de diálogos o puentes narrativos y se utiliza el sonido ambiente o la música, compuesta por grandes artistas como Juan Blanco para apoyar imágenes de gran carga dramática.  Este modo de hacer no nació en 1959, sino que tuvo su antecedente años antes cuando cuatro de los predecesores del Movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano realizan El Mégano, documental de veinte minutos que denuncia las condiciones de vida y de trabajo de los carboneros en la Ciénaga de Zapata antes del triunfo revolucionario del 1ro de enero. En este material, predomina la figura humana, en vivo, sin metáforas ni parábolas. La temática trenza una realidad cruda, trágica, empastada con un universo sonoro sobrecogedor. El blanco y negro acentúa de manera acertada el entonces lúgubre paisaje social de la Ciénaga de Zapata.

Después de repasar esta obra, nos dimos cuenta que habíamos pasado por la Ciénaga como aventureros que admiran una de las áreas verdes más importantes de Cuba, con gran variedad de ecosistemas y especies endémicas. Esta vez, nuestra visión tendría un carácter antropológico, el hombre sería el centro de nuestro interés. Sin pensarlo mucho, preparamos la mochila y salimos desde la fresca madrugada pinareña hacia la verde mañana del poblado de Soplillar.

Ubicado a tres kilómetros al este de la histórica Bahía de Cochinos, entre Playa Larga y Playa Girón, Soplillar es lo que se conoce como un batey. Con una población residente menor de trescientos cincuenta habitantes, esta comunidad tradicionalmente ha tenido como actividad económica fundamental la confección de carbón natural.

El oficio de carbonero demanda entrega y sacrificio. El proceso comienza por el corte de los troncos de madera, seguido del traslado a una zona rocosa preparada para la confección de los hornos que constituyen verdaderas obras de ingeniería artesanal y posteriormente las numerosas horas de vigilia hasta quedar hecho el carbón que después será separado según su calidad para el consumo nacional o para la exportación.

Nos recibió Giselda, generosa señora con quien compartimos parte del viaje y a la que agradecemos la acogida en su casa de manera desinteresada. En el campo, todo es más sencillo. Las personas saludan al pasar, sonríen, miran a los ojos con bondad y comparten todo, hasta los secretos.

La primera noche socializamos. Conocimos a Nemesia, sobreviviente del ataque mercenario de 1961, en Bahía de Cochinos, hicimos las fotos de una fiesta a una muchacha en su 15 cumpleaños, conocimos a una bisabuela de 103 años, escuchamos historias de pescadores y finalmente trazamos nuestra ruta para visitar a los carboneros en plena labor.

Muy tempranito, llegamos a un paraje de suelo árido, en el que predominaban los grises. El calor entraba por los poros y el olor inconfundible de los leños cocidos hería nuestro olfato. Trabajo duro y desconocido el de los carboneros. El día anterior lo habían dejado todo preparado, Armando vigilaba los hornos, mientras Tomás descansaba unas horas, pues una vez encendido el horno, debía ser supervisado para que no se incendiara.

Los leños son colocados de manera ascendente como en una pirámide cónica. Una capa de arena y hojarasca los cubre, dejando arriba lo que se conoce por respiradero. En los laterales, de manera simultánea, se hacen hendiduras que se rotan para que el horno no se ahogue. Así permanecen de ocho a nueve días. Las manos de nuestros amigos están curtidas por las altas temperaturas y sus rústicas herramientas, sus rostros arrugados por el gesto de fruncir el ceño a fin de proteger sus ojos y sus cabellos enredados por la aspereza del aire y las cenizas. Tras colocar en los sacos el producto terminado, listo para su comercialización, comienza todo de nuevo.

Con ellos estuvimos por una semana y tanto. Michel GMG registró en sus fotos más que el proceso de confección del carbón vegetal, el alma de estos hombres, sus rostros nobles y su entrega infinita a una tradición manual en la era de la tecnología, de lo desechable y lo virtual.

Esta es la selección de algunas las fotos de un ensayo mayor, realizado en blanco y negro, sin retoques ni ornamentos. Imágenes que muestran al hombre simple, trabajador y sociable.

A partir de esa semana, la Ciénaga es más que un bello y exótico paisaje y los alimentos cocidos al carbón tienen para nosotros otro sabor.

http://witness.fotoup.net/wj/Numeri/00092/ITA/008/index_008.html#editorial

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Soplillar, en tonos grises.
Cámara: Canon 550 D
Objetivo: 18-55mm

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